Habría pasado desapercibido si lo hubiera dicho un escritor de segundo nivel buscando atención. Pero lo dijo Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura en 2018, autora de "Los errantes" y "Los libros de Jacob", una de las voces más importantes y respetadas de la literatura europea contemporánea. Y lo dijo no como provocación ni como titular, sino casi de pasada, en una conversación de más de media hora en el foro Impact de Poznań: está usando inteligencia artificial para escribir su próxima novela.
La declaración fue breve y pasó casi inadvertida en el momento. La controversia creció después, cuando esa admisión quedó asociada a otro anuncio que Tokarczuk hizo en la misma conversación: que esta nueva novela, prevista para el otoño, será probablemente su última. La combinación de los dos elementos —IA y despedida de la forma novelística— convirtió lo que podría haber sido una nota al pie en uno de los debates literarios y tecnológicos más interesantes de las últimas semanas.
¿Qué significa exactamente "escribir con IA"?
El primer problema con la polémica es que "escribir con IA" puede significar cosas radicalmente distintas. Puede significar usar una herramienta de IA para generar borradores completos que el autor luego edita mínimamente, lo cual plantea preguntas legítimas sobre la autoría. Puede significar usar la IA como un herramienta de investigación y organización, para procesar grandes volúmenes de información que luego el autor transforma en prosa propia. Puede significar algo en el punto medio: usar la IA para explorar variantes de un párrafo difícil, para superar bloqueos creativos, para obtener una perspectiva externa sobre la estructura de una escena.
Tokarczuk no precisó cuál de estas formas de trabajo está usando, y esa ambigüedad es parte de lo que alimenta el debate. Los críticos más severos asumen que se trata de algo próximo al primer escenario. Los defensores más entusiastas lo leen como el segundo o el tercero. La realidad probablemente sea más compleja y más interesante que cualquiera de esas caricaturas.
La polémica no es realmente sobre si la IA puede escribir buena literatura. Es sobre si importa quién —o qué— genera las palabras, si la experiencia del lector es igualmente valiosa.
La naturaleza de la autoría literaria
El debate que ha reabierto Tokarczuk tiene raíces filosóficas profundas. La noción de autoría que la cultura occidental da por sentada —un individuo único que, a partir de su experiencia y visión del mundo, crea una obra que lleva su firma y que es expresión de su subjetividad— es históricamente reciente y culturalmente específica. Durante siglos, la escritura fue un proceso mucho más colaborativo: los copistas medievales añadían y modificaban los textos que copiaban, los escribas de la Antigüedad trabajaban en tradiciones que valoraban la continuidad más que la originalidad individual, los escritores del siglo XVII consideraban perfectamente legítimo reescribir y mejorar los textos de sus predecesores.
La noción romántica del genio creador individual —el escritor como fuente única e irreemplazable de una visión del mundo— tiene apenas dos siglos, y no está claro que sea la única forma posible de entender lo que es valioso en la literatura. La pregunta relevante quizás no sea "¿escribió Tokarczuk estas palabras?" sino "¿hay en este texto una visión del mundo, una forma de mirar la realidad, que solo podría haber surgido de la experiencia y la inteligencia de Tokarczuk?"
Si la respuesta a esa segunda pregunta es sí, entonces la participación de una herramienta de IA en el proceso de escritura no es cualitativamente diferente de la participación de un buen editor, de un diccionario de sinónimos, o de la relectura de los subrayados en los libros que uno ha leído. Si la respuesta es no —si lo que sale no tiene la voz ni la perspectiva distintiva de Tokarczuk— entonces el problema no es la IA: es que el resultado no es genuinamente suyo, independientemente de las herramientas que haya usado.
El mercado literario y sus ansiedades
Más allá de las cuestiones filosóficas, la polémica tiene una dimensión económica y profesional que conviene no ignorar. Los escritores, como colectivo, están en una posición especialmente vulnerable ante el desarrollo de la IA generativa. A diferencia de muchas otras profesiones donde la IA automatiza tareas repetitivas mientras los profesionales se concentran en el trabajo de mayor valor añadido, en la escritura literaria la distinción entre lo que una IA puede hacer y lo que hace un escritor humano es mucho menos clara.
Los modelos de lenguaje actuales pueden generar prosa perfectamente competente en términos técnicos. Lo que no pueden hacer —o no pueden hacer de forma consistente y fiable— es habitar una experiencia humana concreta, procesar el dolor o la alegría o la confusión de una vida específica y convertirlos en algo que otra persona pueda reconocer como verdadero. Eso es, precisamente, lo que los mejores escritores hacen que ninguna herramienta puede replicar.
El debate en cifras: escritores y herramientas a lo largo de la historia
- Siglo XV: La imprenta provoca pánico por la "desacralización" del libro
- Siglo XX: La máquina de escribir, dictada a secretarios, grabadoras: todos cuestionados
- Años 80-90: Los procesadores de texto "destruirán el estilo literario" (no lo hicieron)
- 2023-2026: Escritores divididos entre rechazar y adoptar las herramientas de IA generativa
- 2026: Una Premio Nobel normaliza el uso de IA en el proceso de escritura
¿Por qué es Tokarczuk quien lo dice y no otro?
Hay algo significativo en que sea precisamente Tokarczuk quien haya dado este paso. No es una escritora de género popular buscando eficiencia en la producción. Es una de las autoras más premiadas y más comprometidas con la complejidad literaria y filosófica de los últimos treinta años. Sus novelas son densas, ambiciosas, formalmente arriesgadas. Si alguien podía usar la IA como herramienta de exploración más que como sustituto del pensamiento propio, es ella.
También es significativo el contexto en el que lo dijo: no como un manifiesto tecnológico, sino como un elemento dentro de una reflexión más amplia sobre su propio proceso creativo y su relación con la forma de la novela. La asociación con el anuncio de que esta sería probablemente su última novela sugiere que está explorando los límites de lo que la forma novelística puede hacer, empujando sus herramientas hasta donde lleguen, y la IA sería parte de ese proceso de exploración radical.
Para seguir pensando: La Academia Sueca, que concede el Nobel de Literatura, no ha hecho ningún comentario sobre las declaraciones de Tokarczuk. Ni se espera que lo haga: el Nobel premia obras ya publicadas, no procesos de escritura en curso. Pero la pregunta de si una obra escrita en parte con IA podría ser candidata al Nobel en el futuro es una de las que el mundo literario tendrá que responder antes de lo que cree.
En última instancia, el escándalo en torno a las declaraciones de Tokarczuk dice más sobre nuestras ansiedades colectivas respecto a la IA que sobre el valor de su obra. Si el libro que publique en otoño resulta extraordinario —si tiene la densidad y la humanidad que caracterizan su escritura anterior— la discusión sobre cómo lo escribió se evaporará rápidamente. Si resulta mediocre, el proceso se convertirá en la explicación conveniente. La literatura, en el fondo, siempre ha juzgado las obras, no los métodos.
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