El Festival de Cannes lleva más de setenta años siendo el escenario en el que el cine mundial muestra sus obras más ambiciosas, más arriesgadas, más incómodas. Ha proyectado películas prohibidas en sus países de origen, ha premiado directores marginados por sus propias industrias, ha dado visibilidad a voces que de otra forma no habrían llegado a ningún lado. No es, en ese sentido, un festival especialmente conservador en términos de contenido.
Y sin embargo, la decisión de proyectar en 2026 —por primera vez en su historia— un proyecto generado íntegramente con inteligencia artificial generó una incomodidad en la comunidad cinematográfica que ni siquiera las polémicas más intensas de los últimos años habían provocado. No por el contenido en sí —aunque ese también fue motivo de debate—, sino por lo que la presencia de ese proyecto en las salas del Palais des Festivals representa para el futuro de la industria.
El proyecto: revistas eróticas de los años 70 animadas por IA
La naturaleza del proyecto no simplificó precisamente el debate. La plataforma de streaming Cultpix presentó una obra generada con IA a partir de imágenes y ilustraciones de revistas eróticas de hace aproximadamente cincuenta años. Las imágenes estáticas fueron animadas, dotadas de movimiento y contexto visual mediante herramientas de inteligencia artificial generativa.
El CEO y cofundador de Cultpix, Rickard Gramfors, explicó que la decisión de usar IA respondía a un propósito deliberadamente provocador: generar un debate sobre la percepción de imágenes que tienen medio siglo de antigüedad. Su argumento era que lo que en los años 70 se consideraba material escandaloso para adultos parece hoy, con los estándares visuales actuales, sorprendentemente inocente. La IA, en ese contexto, era una herramienta para crear un diálogo entre la estética atrevida del pasado y las nuevas tecnologías.
Es un argumento que tiene cierta sofisticación intelectual, pero que también puede leerse como una justificación retroactiva del tipo "toda publicidad es buena publicidad". El proyecto generó titulares en todo el mundo, que era probablemente el objetivo principal.
La IA no triunfó en Cannes a pesar de la polémica. Triunfó gracias a ella. Y eso plantea preguntas incómodas sobre qué tipo de obras encontrarán su camino a los festivales de prestigio en los próximos años.
La reacción de la industria cinematográfica
La respuesta de los profesionales del cine —directores, guionistas, actores, técnicos— ha sido mayoritariamente de rechazo, aunque con matices importantes. El sindicato de guionistas de Hollywood, que lleva dos años negociando con los estudios las condiciones de uso de la IA en la producción cinematográfica, calificó la presencia del proyecto en Cannes de "normalización prematura" de una tecnología cuyas implicaciones para los trabajadores del sector no han sido negociadas ni reguladas.
Los directores de cine más veteranos han sido especialmente críticos. El cine, argumentan, no es solo la imagen final: es el proceso de tomarlo de decisiones que implica, la colaboración entre personas con visiones e interpretaciones distintas, la tensión creativa entre el director y los actores, entre el guionista y el director de fotografía, entre la intención y el resultado imprevisto. Una obra generada por IA carece de ese proceso, y por tanto carece de algo fundamental, aunque el resultado visual pueda ser técnicamente impresionante.
Pero hay voces disidentes, especialmente entre los directores más jóvenes y entre los que trabajan en los márgenes del cine experimental. Para ellos, la IA es simplemente otra herramienta, como lo fueron en su momento la cámara de 16mm, el vídeo digital, o los efectos visuales por ordenador. Cada nueva tecnología de imagen fue recibida con escepticismo por los custodios de la tradición cinematográfica, y cada una terminó siendo incorporada al vocabulario del cine sin destruirlo.
El problema del crédito y la autoría en el cine generado por IA
Uno de los debates más concretos que ha reabierto el proyecto de Cannes es el de los créditos. ¿Cómo se atribuye la autoría de una obra generada por IA? En el caso de Cultpix, el crédito va para la empresa y para sus fundadores como "autores" del proyecto. Pero las herramientas de IA que generaron las imágenes animadas fueron entrenadas, en casi todos los casos, con millones de imágenes creadas por artistas, fotógrafos, animadores y cineastas que no dieron su consentimiento explícito para que su trabajo fuera usado como datos de entrenamiento.
Este problema —que en el mundo del arte visual y la ilustración lleva años generando demandas colectivas contra empresas como Stability AI y Midjourney— adquiere en el contexto de Cannes una visibilidad que no había tenido antes. El festival más prestigioso del cine mundial no solo acogió el proyecto: le dio una plataforma que equivale a una validación institucional. Para los artistas visuales y animadores que sienten que sus obras fueron utilizadas sin compensación para entrenar los modelos que generaron esa película, esa validación es una afrenta directa.
IA en el cine: el estado del debate en 2026
- Hollywood sigue negociando los límites del uso de IA en guiones y post-producción
- Varios festivales europeos han anunciado que no aceptarán obras generadas enteramente por IA
- Cannes no tiene (aún) una política explícita sobre obras de IA
- Las demandas colectivas de artistas contra generadores de imágenes de IA siguen en curso
- La IA ya se usa ampliamente en post-producción, efectos visuales y doblaje
¿Qué hace que una película sea una película?
En el fondo, la presencia de la obra de IA en Cannes plantea la misma pregunta que subyace a todas las polémicas sobre la creatividad artificial: ¿qué hace que una obra artística tenga valor? Si el valor está en el resultado —en las emociones que provoca, en las preguntas que abre, en la experiencia que crea en el espectador— entonces la IA puede producir obras valiosas. Si el valor está en el proceso —en el esfuerzo humano, en la intención, en la experiencia de vida que el artista vierte en la obra— entonces la IA no puede producir arte en ningún sentido significativo, sino solo simulaciones de arte.
Cannes, al proyectar el proyecto de Cultpix, no tomó una posición explícita en este debate. Pero al darle espacio, implícitamente señaló que la pregunta merece ser formulada en sus salas. Eso, al menos, es coherente con la función histórica del festival: ser el lugar donde el cine se enfrenta a sus preguntas más incómodas.
Lo que viene ahora es más complicado. Si Cannes no establece una política clara sobre las obras de IA, se arriesga a convertirse en un escaparate para proyectos que usan la provocación de la IA como estrategia de marketing más que como exploración artística genuina. Si la establece y excluye las obras de IA, se enfrenta a preguntas muy difíciles sobre dónde trazar la línea: ¿una película con efectos visuales generados por IA no cuenta? ¿Una película con guión co-escrito con IA? ¿Una película con actores sintéticos en roles secundarios?
El contexto más amplio: La edición 79 del festival también proyectó una copia restaurada de "The Devils" (1971) de Ken Russell, película que fue censurada en múltiples países por su contenido sobre religión y sexualidad. La elección de programar ambas obras en la misma edición —una polémica del pasado y una polémica del presente— parece difícilmente accidental.
El cine lleva más de cien años reinventándose ante cada nuevo desafío tecnológico. El sonido, el color, el digital, los efectos de ordenador: cada vez que la industria dijo que la tecnología iba a matar algo esencial del cine, el cine encontró la manera de incorporar esa tecnología y seguir siendo cine. La IA probablemente no sea la excepción. Pero la velocidad a la que está evolucionando, y la radicalidad con la que cuestiona la noción de autoría, hacen de esta transición algo cualitativamente diferente a las anteriores. Cannes 2026 no fue la respuesta a esa transición. Fue apenas el primer capítulo de una conversación que llevará años.
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